La muerte de nuestros pueblos y aldeas

Posted: 19 marzo, 2010 in Juan Pablo Vitali, Opinion.

Por Juan P. Vitali

Cuando de niño veía trabajar la tierra a los duros campesinos españoles, italianos o portugueses, no sabía todavía lo que significaba ser arrancado de la propia tierra. Mi identidad crecía con ellos en una nueva Europa, cuyas múltiples nacionalidades se fusionaban en la Europa de ultramar.

Yo no sabía bien de dónde venían esos hombres ni conocía sus aldeas. No había visto todavía las imágenes de esas aldeas abandonadas. Luego supe que la Patria, no era más que la reproducción esencial de esas aldeas hasta el infinito. Pueblos fundados de uno en uno, desde el origen rural de la nobleza de nuestra sangre antigua. Somos la repetición ad infinitum de los antiguos gestos rituales, del amor por la tierra y el dominio, a partir de la migración una y otra vez inevitable.

Durante la modernidad fue el abandono y la miseria, el impulso que nos arrojó sobre los barcos y sobre las lejanas costas. Así surgieron nuevamente los pueblos como nuevos reflejos de las viejas aldeas, extendiéndose sobre características geográficas distintas, con el mismo sentido rural y militar de los romanos.

Las ruinas de esos pueblos en el núcleo fundacional de Castilla, en la mágica Galicia, en toda España, del mismo modo que en las extensas llanuras de Argentina, representan la destrucción del sentido primordial que tuvo nuestra existencia como civilización durante milenios. Ellos son los testigos de la pérdida de nuestro espacio sagrado y del sentido más profundo de nuestra cultura.

Abandonados a la espera de un emprendimiento turístico capitalista en España, o como meros centros de distribución de soja transgénica en Argentina, nuestros pueblos y aldeas han perdido su elemental dignidad, y fuera de las amargas alternativas capitalistas que les depara el sistema, solamente les queda convertirse en ruinas.

Nosotros perderemos con ellos nuestra identidad profunda, porque ni la antigua sangre ni el antiguo suelo, podrán conservarse en una miserable edificación urbana sin alma rodeada de pueblos vacíos, porque fue allí donde se forjó todo lo que hizo alguna vez que valiera la pena vivir en la comunidad de nuestro destino común.

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